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15. Privar de la esperanza

Adolfo Carreto

El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, ha dicho: “No podemos caminar sin saber hacia donde estamos andando. Y es criminal privar a un pueblo de la utopía, o dicho en cristiano, es criminal privarlo de la esperanza...”

Eso de privar de la esperanza precisamente a los argentinos es un pecado demasiado mortal. El argentino es quien es, y no solamente él lo sabe sino que, además, lo proclama. Aunque no es el caso: la esperanza no se le puede robar a nadie. Sacamos a colación lo de los argentinos porque la queja viene precisamente de allí y quien alerta es nada menos que el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio. Ha dicho: “No podemos caminar sin saber hacia donde estamos andando. Y es criminal privar a un pueblo de la utopía, o dicho en cristiano, es criminal privarlo de la esperanza. Simplemente es encarcelarlo”.

Dice el dicho que la esperanza es lo último que se pierde pero ahora no se trata de que los ciudadanos la perdamos, es mucho peor, se trata de que nos la están robando. Y eso, a juicio del señor cardenal argentino, es criminal.

Podemos entender el momento de desesperación de los argentinos, pero si fuera únicamente el de los argentinos, quizá hubiese remedio, entre todos pudiéramos echarles una mano devolviéndoles la esperanza, inyectándoles eso que siempre ellos han tenido, la utopía, que es expresión también del mismo cardenal. Pero se trata de un fenómeno sumamente generalizado, yo más bien diría que globalizado. América latina se alimenta diariamente de la desesperanza. Venezuela es un torbellino de desesperanza y desesperados. No digamos Colombia, República Dominicana, Perú, Ecuador, Bolivia. No digamos ¡por el amor de Dios!, Bolivia.

Estoy completamente de acuerdo con el diagnóstico del cardenal argentino: “Estamos viviendo bajo el efecto de densos capitales volátiles que por un lado son densos y por otro volátiles, que dispersan y nos dejan en pampa y la vía. En esta oscuridad tremenda que no podemos manejar, algo nos viene de afuera y es un fruto de la mala globalización; necesitamos cuanto antes determinar la utopía, reivindicarla, reformularla; cuando no hay utopía, no hay camino hacia el fin, me empantano en la coyuntura o vuelvo sobre mí mismo en una concepción no permanente de la persona, sino que se va construyendo a cada paso y que por lo tanto es atomizante y no es sujeto de derecho”.

Pues en ésas andamos, sin sustento en los pies y sin horizonte a la vista. Al desaparecer la utopía se entrona el pesimismo y al tomar las riendas el pesimismo globalizado en estas sociedades sin esperanza la debacle es la consigna. Es urgente reivindicar la utopía pero no falsamente sino con fundamento. Para los argentinos y para todos.

 
 

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