6.
Pobreza entre riqueza
Mikel Agirregabiria
Agirre
La paradoja de que tras 35 años de llegar a la Luna
millones de personas mueren de hambre.
El astronauta Neil Armstrong al pisar la
Luna en 1969 dijo: “Un paso pequeño para el hombre, un salto gigantesco
para la Humanidad”. La carrera espacial fue una gesta de ciencia y de paz,
y sus frutos tecnológicos han beneficiado y contribuido al desarrollo
humano. Aquel esfuerzo heroico aplaudido por encima de fronteras y
banderas, aunque motivaciones bélicas y de prestigio también fueron
determinantes. Ahora que celebramos un aniversario tan vívido para quienes
asistimos conscientes a su consecución, otros interrogantes infantiles nos
siguen martilleando la conciencia, como cuando preguntábamos: Papá, ¿por
qué todavía hay gente que se muere… de hambre?
Resulta doloroso asistir impasibles a la
injusticia e insolidaridad mundiales. La pobreza y la desigualdad no es
ninguna ley inexorable de la Naturaleza. Parece que el continente de
nacimiento sea determinante en la calidad de vida que debe esperar cada
ser humano que nace. En Europa y Australia nos encastillamos en una
"sociedad del bienestar", aún cuando la pobreza asome por los suburbios de
cualquiera de nuestras ciudades, mientras aceptamos que Norteamérica sea
el líder militar, tecnológico y financiero, Asia se convierta en la
poblada fábrica del mundo con el 60% de la población planetaria, el resto
del continente americano al sur del río Grande perviva con graves
incertidumbres y África apenas sobreviva con una esperanza de vida menor
de 40 años.
Los datos escandalosos se multiplican:
Cada vaca europea recibe una subvención diaria de 4 €, mientras la mitad
de la población mundial ha de subsistir con menos de un euro al día.
Tamaña injusticia debería congelarnos el corazón. Ya no sólo se trata de
que los despilfarros militares reinvertidos en educación, sanidad y
alimentos podrían solucionar en meses todos los problemas de la Humanidad,
sino incluso de aberraciones tales como que los gastos de las sociedades
ricas en comida para mascotas o en dietas de adelgazamiento podrían evitar
la muerte anual por hambre de más de 6 millones de niños menores de cinco
años y cancelar la monstruosa cifra de 840 millones de personas
desnutridas que viven entre nosotros.
Hace 35 años supimos llegar y pasearnos
por la Luna, pero aún no hemos sido capaces de exigirnos a nosotros mismos
y a nuestros gobernantes la fraternal proeza de acabar con la pobreza.
Mientras haya una sola persona muerta de hambre, ninguno mereceremos
llamarnos seres humanos, ni suponer que estamos dotados de una sola gota
de inteligencia ni de bondad.
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