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12. Felicidad fácil

Walter Turnbull

Temo que para llegar al cielo es mejor irnos -por supuesto que me incluyo- librando del apego a estos placeres que nos encadenan a la tierra.

Dejando a un lado filosofías, antropologías y religiones, si nos aplicáramos a precisar por simple observación cuáles son las fuentes de mayor felicidad para el hombre común, llegaríamos a la conclusión de que son básicamente tres:

La primera es comer y beber. Pocas satisfacciones hay tan grandes como una comida o una bebida sabrosa. Todo lo cerramos con una ingestión: la boda, el negocio, la cita de amor, el descanso en la oficina, la graduación, la reunión de amigos... Pídale a un hombre (o mujer) que practique la castidad o la humildad y tal vez lo logre, pero pídale que practique la frugalidad y le pronostico un fracaso.

La segunda es ligar. Ni siquiera hablo de sexo. Hablo del acercamiento, del derribar barreras, de la competencia, de la apropiación, de la conquista. Ligar es al ego lo que la comida al cuerpo. Nos da la sensación de ser hábiles, de ser competentes, de ser admirados, deseados, triunfadores, conquistadores. El sexo es sólo el pretexto; una vez conseguida la presea, el donjuán la desprecia para lanzarse a otra conquista. Películas de Walt Disney lo mismo que para adultos, o para adolescentes o de terror o de acción, o series televisivas o canciones... el mensaje es el mismo: nacimos para ligar y nuestra alma no descansará mientras no liguemos. Solteros, vivimos sólo para ligar; y con novia o casados queremos seguir ligando.

La tercera es el mal del prójimo. La crítica hiriente o, si las condiciones lo permiten, la burla. La gente criticona es la más divertida, decía un tío mío, no muy caritativo pero sí muy observador. Pocas cosas nos causan tanta alegría como el ridículo ajeno, el defecto, el tropezón, el desatino, el fracaso... Tal vez nos hace sentir superiores, tal vez nos ayuda a minimizar las propias miserias.

Felicidad obvia, aparentemente al alcance de todos. ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez? La saciedad del instinto primitivo. Felicidad barata para el espíritu pobre. Demasiado fácil para ser cierta, diría yo.

Y es que, por alguna extraña razón, Dios parece no aprobar estos medios de gratificación. Al menos no los aprueba como único fin, sin ninguna medida y por toda la vida. El Reino de Dios parece ser otra cosa.

El Reino de los Cielos no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm. 14, 17); es afabilidad y dominio de sí (Ga. 6, 22); es saber controlar la lengua (St. 3), es amor sin fingimiento, que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo; es servicio, es trabajo, es sacrificio.

El camino más fácil en este caso no es el más recomendable. Entren por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición y son muchos los que entran por ella; mas, ¡qué estrecha es la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!, y pocos son los que lo encuentran (Mt. 7, 13).

Temo que para llegar al cielo es mejor irnos -por supuesto que me incluyo- librando del apego a estos placeres que nos encadenan a la tierra. Renunciar al gozo fácil, a lo cómodo, a lo obvio. Renunciar a la felicidad barata. Las cosas que valen se obtienen con esfuerzo, con destreza y con cariño. El cielo es para los que vuelan alto. Algún día tendremos que tomar una opción: las cosas del cielo o las cosas de la tierra. Por alguna otra extraña razón no se puede tener las dos. Todo para mí es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo y encontrarme con Él (Flp. 3, 8).

Cristo tiene palabras de vida eterna, nos invita a cumbres infinitas, ciertamente más difíciles, pero también más plenas.

Aspiren a las cosas de arriba -dice San Pablo-, no las de la tierra. Busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios (Col. 3, 1).

 
 

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