4.
Escuchar a Dios
Miguel Rivilla San Martín
Nos faltan ganas y tiempo para escuchar y meditar
la Palabra de Dios, la única que es verdadera, trascendente y salvadora.
El hombre actual vive inmerso, desde que
se levanta hasta que se acuesta, en un remolino de vacua palabrería, que
poco o nada le aporta para su realización y felicidad personal. Solo la
Palabra de Dios -palabra de vida eterna- es capaz de salvarle y orientar
su vida.
La pena es que de hecho, la Palabra de
Dios es ignorada, postergada y poco apreciada. Al menos, los cristianos
deberíamos distinguirnos por el conocimiento y estima de la Palabra,
-revelación de Dios- presente en la S. Escritura y que se nos proclama en
todas las celebraciones litúrgicas.
Desgraciadamente, en muy pocos sitios,
fuera de las iglesias, se tiene ocasión de ponerse en contacto con la
Palabra salvífica. No son los hombres sabios, los políticos, los
filósofos, escritores o charlatanes de turno los que nos pueden y van a
salvar.
Nos sobran palabras humanas, la mayor
parte de ellas interesadas, superficiales, huecas, incitadoras al
consumismo, a la propaganda y al materialismo de la vida . Nos faltan
ganas y tiempo para escuchar y meditar la Palabra de Dios, la única que es
verdadera, trascendente y salvadora. Ella ha sido, y sigue siendo , a lo
largo de los siglos, alimento espiritual insustituible para millones de
hombres y mujeres. Su eficacia sigue viva como desde el principio que se
pronunció. Es “un surtidor de agua viva” capaz de calmar la sed de
trascendencia y verdad que anida en el corazón de cada persona.
La Palabra de Dios, al interpelar al
hombre, a todo hombre, exige una respuesta que no puede ser otra que una
vida en continua actitud de conversión para agradar a Dios.
Nosotros tenemos la Palabra. Manos a la
obra. ¡Dichoso el que acoge la Palabra de Dios y la pone en práctica!
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