8. Playa de plata
Mikel Agirregabiria
Agirre
Descubre, tras el día de playa-plaga y la tarde de
la playa-plaza, la noche blanca en la placa plana.
Hay días que uno quisiera borrar, días
que nunca debieron nacer. Hay tardes donde el tiempo no pasa, tardes que
no debieron ser. Hay noches negras, noches sin norte, noches donde se
siente un doble golpe en el gozne de medianoche.
En una de esas pobres noches, al borde de
la desesperanza, sólo cabe huir al mar, fugarse a las orillas donde se
unen arenas y olas. La cólera que sentimos se desvanece ante la calma de
una solitaria playa de plata, como las olas mueren en la playa. Ovidio
dijo que "Hay tantas penas como conchas en la playa", porque la tristeza
se transmuta en nácar marino.
Una receta personal para dar un giro a un
problema. Ponerse a andar, con la mente en blanco, a lo largo de la
orilla, siempre en una dirección. Las olas a un lado, la arena a otro; el
cuerpo levemente inclinado por la suave pendiente; la brisa en un oído nos
trae la risa multitudinaria del océano. La catarsis exige mojarse los
pies, sentir la temperatura tibia de las lágrimas salobres de Neptuno.
Seguir caminando diez, veinte o treinta minutos, las luces nocturnas de la
costa a un costado, la inmensidad del agua al otro; la pequeña
contrariedad a un lado, la infinitud de la vida al otro. Y, de pronto, al
llegar a un punto final del arenal, tras ir cerrando progresivamente los
ojos, dar la vuelta bruscamente y mirar la misma ribera pero ahora desde
la perspectiva contraria. Todo ha cambiado, de golpe, donde estaba la
costa está el mar, y viceversa. La transformación sensorial provoca un
vuelco en el alma. Problema, ¿qué problema?
Casi todo es más divertido hacerlo en
pareja, o en grupo. Pero esta fórmula, requiere esa sociable soledad con
uno mismo, esa soledad que es una dieta espiritual, el precio de la
libertad, el preámbulo de la reflexión. Ésta es mi secreta playa de plata,
desembarcando los versos de Espronceda: "La luna en el mar riela, / en la
lona gime el viento, / y alza en blando movimiento / olas de plata y
azul". Se renace allí a solas, sólo con las olas y las gaviotas. El ángel
caído que somos se alza de su suerte. Y entendemos a Gabriel Celaya,
cuando musitaba: "A solas soy alguien. / En la calle, nadie".
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