9. Una ola nunca viene
sola
Víctor Corcoba Herrero
Por encima de todo, hay que mantener la paz en la
tierra, con un batallón de hombres justos que propicien igualdades y
libertades para todas la vidas humanas.
El huracán de violencia que sufre el
mundo golpea mucho más que todos los calores veraniegos. Violentas
jornadas han de soportar personas humanas, encadenadas al sufrimiento. Un
dolor tan cruel como injusto. Las amenazas están a la orden del día. Los
artefactos explosivos más de lo mismo. A pesar de tantos derechos humanos,
los abusos de todo tipo se dan en doquier lugar. La ola de terror hace
temblar al mundo. Se precisan con urgencia actuaciones internacionales,
aunar fuerzas en un esfuerzo conjunto sin contrapartida alguna, para
contrarrestar tantos ataques sin sentido, dirigidos realmente contra toda
la humanidad.
Es cierto. Una ola
nunca viene sola. Por ello, es vital que el mundo no se estanque en
palabras volanderas. Los organismos internacionales han de poner orden y
concierto, actuar con rapidez y contundencia, de manera decisiva y siempre
unida. Ya se sabe, una mentira, de ciento tira. Se están falseando
verdades y cometiendo tantas atrocidades, que no podemos permanecer
viéndolas pasar, como si nada ocurriese. Hay que desarmarse y armarse de
valor para frenar los chantajes. Las guerras se ganan sin armas, con
diálogos y esfuerzos compartidos. A golpe de verso que cantan los poetas.
Todos apiñados y con las manos limpias, es la mejor forma de impedir
conflictos. El
mantenimiento de la paz debe dejar como ultimísimo recurso el de la
fuerza, una aventura sin retorno, porque es un medio bárbaro de resolver
los conflictos.
Bien es verdad que ante las altanerías
avasalladoras, alguien debe reaccionar. Quizás un consejo de seguridad
renovado, que aglutine a todas las gentes de todas las culturas y mundos,
dispuesto a sembrar amor por amor al mundo, sin otro interés de mercado.
Por encima de todo, hay que mantener la paz en la tierra, con un batallón
de hombres justos que propicien igualdades y libertades para todas la
vidas humanas, se encuentren donde se encuentren. Hoy, que gracias a la
gracia de los avances de la técnica, podemos conversar con personas de
todas las razas, convendría enraizarse más en sus vidas, compartiendo
nuestras vidas con las suyas.
La idea de la Comunidad de Emaús,
invitando a los miembros del Parlamento europeo que lo deseen a pasar unos
días de convivencia y trabajo con personas pobres o marginadas, en este
período de vacaciones, me parece fructífera para acercar posturas. Ellos
están seguros de que una experiencia de vida pobre, sobria, de trabajo
concreto y sobre todo en la que se comparte la vida de las personas que
han tenido o tienen dificultades de todo tipo, complementará decisivamente
la formación humana y política de quienes están llamados a administrar
Europa para garantizar un bienestar común. Personalmente, yo también estoy
seguro, de que muchas guerras no existirían.
Nadie puede sentirse tranquilo frente a
tanta pobreza y marginalidad. Precisamos, pues, menos armas y más manos
caritativas, menos bombas y más viandas curativas, para vivir en serenidad
y en concordia. Hay que superar la cultura de la guerra y desarrollar la
cultura del amor. Y elevar a los altares del ejemplo a los que han
conseguido matrícula de honor con sus acciones y opciones. Sus testimonios
son como el agua para aclarar injusticias.
|