12. Las huellas
Adolfo Carreto
35 años después, vemos huellas de cosas que
pasaron... unas buenas, unas malas. Y el mundo sigue igual y cada año deja
sus huellas... unas esperanzadoras y otras que quisiéramos o recordar.
Aquel año de 1969 dejó en la memoria
muchas señales para la posteridad, muchos recuerdos para la memoria,
muchas esperanzas de un futuro distinto. Aquel año de 1969 había en la
luna humanidad, había en la tierra violencia y había también
desbordamiento de una música que quería ser otra música, con otro ritmo y
otra letra, y con otras intenciones. Aquel año de 1969 fue el año de los
astronautas Armstrong, Aldrin y Collins, fue el año de los soldaditos
americanos que continuaban muriendo en la guerra perdida de Vietnam y fue
el año de quienes en Woodstock querían la paz adornada con música,
proclamaban el amor y no la guerra, fumaban marihuana e impusieron una
nueva vestimenta para sus cuerpos que gritaban la libertad. Lo de
Woodstock, lo recuerdo, porque yo soy de esa generación, fue
impresionante. 400,000 mil personas diciéndole al mundo que no era
imprescindible pisar la luna para que hubiera dignidad en la tierra.
Hace treintaicinco años de todo aquellos
y como si hubiera sido ayer, o como si no hubiera sido nunca. Los
astronautas han continuado sus viajes, han llegado todavía más allá, han
experimentado en Marte y ahora en Saturno. Y el espacio, por supuesto, se
ha llenado de satélites para todos los experimentos y también de chatarra.
Y la música ha seguido a su ritmo, como siempre lo hace la música, y la
juventud al suyo, como siempre lo hace la juventud, y quienes han
continuado mandando también lo han hecho a su ritmo, que pareciera un
ritmo que nunca cambia. Y, por supuesto, Vietnam se ha multiplicado. Los
comunistas de entonces se han trocado en terroristas y los mismos que
intentaban combatir a los unos intentan derrotar ahora a los otros.
Vietnam, durante estos treinta y cinco
años, ha quedado estampado como el icono de la derrota igual que quedó
estampado el zapato de Armstrong en la superficie lunar, donde, según los
expertos, permanecerá imborrable, inmutable, millones de años en el Mar de
la Tranquilidad.
Fue un años memorable aquel 1969 pero no
menos memorables son los que han venido después. Hablaremos quizá antes de
35 años y recordaremos a las torres gemelas, a Afganistán y a Irak, a los
atentados de Madrid y a cuanta sin razón vaya ocurriendo en nuestro
entorno. Y las huellas se multiplicarán, unas sin duda esperanzadas, otras
de trágico balance que no quisiéramos recordar. Porque treintaicinco años
para algunos es toda una eternidad y para otros, para mí, es como si
hubiera sido ayer. Y hubiese deseado que perdurara una mejor huella.
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