15.
Europa sin Jesucristo
Jose Ignacio Munilla Aguirre
Temo que no podemos apoyar el texto de la
“Constitución Europea”. Si Cristo no puede estar presente en él, nosotros
tampoco. Pensar que es insignificante que los valores tengan sus raíces en
el Evangelio o en otro tipo de humanismos, es olvidar que no cabe
verdadero humanismo sin Jesucristo.
En los días previos a la aprobación en la
cumbre de Amsterdam del texto de la “Constitución Europea”, hemos
escuchado y leído muchas tonterías en lo referente a la mención que el
Papa había pedido sobre las raíces cristianas de nuestra cultura. Así, por
ejemplo, en la editorial del número de Junio de una revista religiosa
guipuzcoana de gran difusión se afirmaba con mucha ligereza que “poco
importa si la Constitución europea debe reconocer explícitamente sus
raíces cristianas o no... Necesitamos y queremos una Europa de valores.
Que esos valores sean tomados del Evangelio o de un humanismo abierto, es
lo de menos. El cristianismo quiere obras, no títulos”.
Estas afirmaciones dejan al descubierto
una profunda crisis de fe en la potencia regeneradora que la presencia de
Jesucristo tiene en toda cultura. Pensar que es insignificante que los
valores tengan sus raíces en el Evangelio o en otro tipo de humanismos, es
olvidar que no cabe verdadero humanismo sin Jesucristo; ya que, como
recordaba la encíclica Redemptor Hominis (nº 10), “sólo Cristo revela el
hombre al propio hombre”. Sin Cristo el hombre es un enigma; y, en
consecuencia, fracasará inevitablemente cualquier intento de humanización
integral de la sociedad.
El Papa y los obispos -a los que la
editorial que criticamos designa como “iglesia oficial”- no han defendido
una mera mención nostálgica al cristianismo en el texto constitucional,
como quien reivindica un simple “título”. ¡Qué ridiculez! Una cosa es
pretender la confesionalidad religiosa de esta Constitución -cosa que no
ha sido reivindicada en ningún momento por la Iglesia Católica ni por
ninguna otra confesión cristiana-; y otra muy distinta es la exclusión
positiva de toda mención a Dios y a las raíces cristianas de nuestra
cultura.
¡Ojalá estuviésemos ante un debate de
mera terminología! ¡No se nos ocurriría gastar ni saliva ni tinta por
defender títulos vacíos! Pero nada es casual, y la ausencia de toda
mención a Cristo en esta Constitución tiene unas causas y unas
consecuencias. El cardenal Ratzinger pronunció el 13 de Mayo una
conferencia en el Senado Italiano, bajo el título “Europa: Sus fundamentos
espirituales ayer, hoy y mañana”, en la que hacía mención a la calculada
ambigüedad con la que el texto constitucional aborda cuestiones esenciales
como el matrimonio y la familia, el reconocimiento de los derechos
inalienables del hombre, etc... Sus palabras fueron especialmente
proféticas al describir esa especie de complejo con el que Europa mira hoy
su historia y los valores en los que se sustenta nuestra cultura: Aquí se
da un odio de Occidente hacia sí mismo, que resulta extraño y que se puede
considerar sólo como algo patológico. Es verdad que Occidente, de modo
loable, intenta abrirse lleno de comprensión hacia los valores externos:
pero no se ama ya a sí mismo. De su propia historia solo ve aquello que es
despreciable y destructivo, al tiempo que es incapaz de percibir lo que es
grande y puro. Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación
-ciertamente crítica y humilde- de sí misma.
El señor Zapatero ha anunciado que
someterá a referéndum en España la aprobación de este texto constitucional
europeo. Imaginamos que la Santa Sede dará unas orientaciones morales y
pedirá a los fieles católicos que decidan su voto en conciencia. Con plena
apertura a cualquier otra indicación que nuestra Madre Iglesia pueda
hacernos, pensamos que no podemos apoyar este texto constitucional. Si
Cristo no puede estar presente en él, nosotros tampoco. Está bastante
claro que la causa y la consecuencia de la exclusión de Jesucristo en este
texto es posibilitar un marco constitucional lo suficientemente genérico,
como para que todo pueda caber dentro de él. No nos parece coherente darle
nuestro respaldo.
¡Cómo no recordar en este momento aquella
otra coyuntura política del año 1978, en la que se votaba en referéndum la
Constitución Española! El entonces arzobispo de Toledo, Mons. Marcelo
González Martín, redactaba un escrito firmado también por otros nueve
obispos, en el que señalaban graves defectos del texto que fue finalmente
aprobado: la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios; la
falta de referencia a los principios supremos de la ley natural o divina;
la carencia de garantía suficiente sobre libertad de enseñanza; la no
tutela de los valores morales de la familia, dejando abierta la puerta a
la ley del divorcio; y en cuanto al aborto, la ausencia de la claridad y
seguridad necesarias... El tiempo les ha dado la razón.
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