17.
El misterio del perdón
Walter Turnbull
El perdón es algo absurdo para el hombre material.
Sólo a Dios se le pudo ocurrir, y sólo Dios, y el hombre que se une a él,
lo pueden alcanzar.
Jesús nos invita al perdón. Más bien nos
lo exige: “Si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los
perdonará a ustedes” (Mt. 6, 15). Perdón para el enemigo, para el torpe,
para el poco agraciado, para el molesto, para el malhechor... incluso para
la pareja y para el hijo y para el padre.
El perdón es ciertamente algo curioso.
Choca con nuestro sentido de la justicia y de la lógica. Parece absurdo y
parece inequitativo. Como humanos quisiéramos que el pecado nunca quedara
sin castigo. En el antiguo testamento y en las culturas sin revelación, el
perdón en el hombre difícilmente se concibe. El hombre, si acaso, aspira a
la justicia. Ojo por ojo y diente por diente parece ya de por sí una meta
bastante lejana.
Pero lo que es imposible para el hombre,
es posible para Dios. Dios en varias ocasiones perdona a su pueblo y
Cristo en la cruz perdona a sus asesinos. El perdón sólo se puede entender
por el amor insondable y el poder infinito de Dios: más que una acción,
más que un mandato, el perdón es un misterio. Sólo a Dios se le pudo
ocurrir, sólo en Dios se puede comprender, sólo lo puede practicar Dios...
y el hombre que se une a Dios por el Espíritu. Para las puras fuerzas
humanas y su pura inteligencia, el perdón es algo inalcanzable.
Satanás, “como un león rugiente”, tiene
guerra declarada contra Dios y contra el hombre; pretende sembrar la
discordia entre los hombres, y entre los hombres y Dios. Su meta es la
separación, el egoísmo, la soledad, el rencor.
Cuando, por inconciencia o por malicia,
inspirado por el demonio, un hombre ofende a otro, el otro quiere
revancha. Si lo logra, se siente vencedor, se siente victorioso, se siente
realizado. Si no lo logra, se queda resentido. En realidad ambos han
perdido. El vencedor ha sido el demonio, que los ha utilizado y los ha
dominado a los dos y ha logrado la división. En una guerra nunca gana
nadie. Una victoria parcial nos conduce a una derrota total.
Cuando un hombre ofendido, obedeciendo a
Dios, pide fuerzas para otorgar el perdón, entonces Dios interviene, la
herida se sana y la unión se perfecciona. El enemigo hombre desaparece y
el verdadero enemigo (el demonio) es derrotado. El hombre que perdona a su
ofensor vence su tendencia al mal, y, en lugar de superar a su contrario,
supera su condición de ser para la muerte. Lo que Jesús llama vencer al
mal con el bien.
Jesús quiere nuestra unión. “Que sean uno
como tú y yo somos uno. Así seré yo en ellos y tú en mí, y alcanzarán la
perfección en esta unidad” (Jn. 17, 22-23).
Ilógico como parece, el perdón es
necesario; es el acto más radical del hombre en el camino de asemejarse a
Dios. Sólo en la unión con Cristo es posible el perdón, porque, después de
todo, sólo en la unión con Dios se cumple el propósito del hombre.
|