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1. Batallas cotidianas

Jaime Septién

Los padres católicos tenemos un reto más: hacerles ver a los hijos que en esa realidad a la que queremos introducirlos, meterlos de lleno, está el rostro sufriente de Cristo.

La generación actual de adolescentes -ellos y ellas- plantea una problema muy complejo a los papás. A saber, el problema de la educación. Educar, se ha dicho, es introducir a la persona en la realidad. «Bajarlo» del mundo del yo al mundo del nosotros. Hacerlo pasar del egoísmo que todo lo quiere para sí, al altruismo en donde son los otros el origen y el fin de mis acciones.

Los padres católicos tenemos un reto más: hacerles ver a los hijos que en esa realidad a la que queremos introducirlos, meterlos de lleno, está el rostro sufriente de Cristo. Es decir, que ahí, en medio del mundo, con todas sus salvajadas y brutalidades, con la miseria y el alcoholismo, con la corrupción y la droga, con la indiferencia y la venganza; ahí es donde está su misión.

Doble y ardua labor. En ella, como en tantas otras tareas de educación de los hijos (y sin que esto quiera decir nada más de lo que quiere decir), está inscrita la presencia de las madres. Santa Mónica, la madre de San Agustín es, me parece, el modelo más elevado de todos: no sólo porque aguantó (y convirtió al final) un marido impropio (como habemos tantos); tampoco porque hizo con sus lágrimas revertir el camino disoluto de Agustín, su hijo. Vamos, ni siquiera porque lo alcanzó a ver obispo de Hipona, sino porque lo encarriló a ser santo.

Las madres son el camino regio a la santidad de los hijos. Por supuesto que los padres han de participar. Pero la historia nos dice que nuestra participación es más modesta. Quizá porque somos -los varones- menos porosos a la Gracia. Lo cierto es que la madre da todo por el amor. Y eso enciende el fuego de la bondad en la antorcha de los hijos. Es la bondad lo que transforma al mundo. Y es la bondad la muestra más clara de una educación católica.

Entiendo que hoy todo se confabula en contra de la bondad. Los medios de comunicación nos dan la pauta para no querer ser buenos. Ya nadie quiere ser bueno. Eso es ser un looser (un «perdedor»). Y los programas de la tele machacan al oído de los jóvenes que lo único que importa es el éxito, coleccionar mujeres u hombres, coches, tarjetas de crédito, millas de viajero, perfumes, casas y placeres de toda índole. Contra eso hay que luchar.

Y enseñar que sólo hay salvación del mundo por vía de la bondad. Que sólo Dios es bondad infinita. Que sólo Dios salva.

 
 

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