8.
Colaboración del
hombre y la mujer
José
Ignacio Munilla Aguirre
Ante la "ideología de género", que dice que el
género es un rol que la cultura y la sociedad nos han asignado, la
“Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del
hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo” nos propone tratamiento
justo y ausencia de discriminación; el género, la paternidad y la
maternidad como una vocación; la complementariedad entre sexos, y su
realización por medio de un don sincero de sí. Y afirma que la Virgen
María se presenta a la Iglesia y a toda mujer como el "espejo en el que
reconocer la propia identidad, así como las disposiciones del corazón, las
actitudes y los gestos que Dios espera de nosotros".
En pleno verano, la
Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba la "Carta a
los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la
mujer en la Iglesia y el Mundo". La proximidad de la festividad de la
Asunción de María es un marco inmejorable para su presentación. No en
vano, esta Carta termina afirmando que la Virgen María se presenta a la
Iglesia y a toda mujer como el "espejo en el que reconocer la propia
identidad, así como las disposiciones del corazón, las actitudes y los
gestos que Dios espera de nosotros".
No es un tema nuevo. ¿Recordamos la
Conferencia Mundial sobre la Mujer que las Naciones Unidas organizaron en
Pekín en 1995? Allí tuvo lugar un duro debate y comenzó la difusión de una
corriente de pensamiento conocida como "ideología de género", frente a la
cual la Iglesia Católica publica ahora el presente documento.
Al igual que hizo entonces, la Iglesia
Católica defiende en esta Carta un feminismo de equidad: es decir, la
igualdad legal y moral de los dos sexos. Se trata de querer para la mujer
lo que queremos para todos: tratamiento justo y ausencia de
discriminación. Un planteamiento lógico, máxime cuando los textos sagrados
nos describen que el pecado introdujo el dominio y la explotación del
hombre sobre la mujer (Gn 3, 16). En consecuencia, la redención del pecado
conllevará también la lucha por erradicar toda discriminación por razón de
sexo.
Pero frente a este feminismo sano y
equilibrado, está el llamado "feminismo radical" o "feminismo de género",
que es rechazado por la Iglesia. ¿En qué consiste y cuáles son sus
postulados? Mientras que el término "género" se ha considerado
tradicionalmente como una forma cortés y sinónima de la palabra "sexo"
(masculino o femenino, varón o hembra), esta nueva ideología asegura que
el "género" no es un concepto ligado a la naturaleza, sino una
construcción social, un rol que la cultura y la sociedad nos han asignado
a uno y otro sexo. Según estos ideólogos, el ser humano no siente
atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza, sino más bien por
condicionamiento de la sociedad. El ser humano nacería sexualmente neutral
y luego sería socializado como hombre o mujer. Según ellos no existen dos
sexos, sino muchas "orientaciones sexuales". Por poner un ejemplo, Rebeca
J. Cook, docente de Derecho en la Universidad de Toronto y redactora de la
comunicación oficial de la ONU en Pekín, tras señalar que los géneros
masculino y femenino son una construcción de la realidad social que
deberían ser abolidos, añade que "los sexos ya no son dos, sino cinco", y
por tanto no se debería hablar de hombre y mujer, sino de "mujeres
heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres
homosexuales y bisexuales".
Como podrán deducir los lectores, para
esta ideología feminista radical, la defensa de la mujer no es más que una
buena excusa para impulsar la "causa" homosexual, lesbiana, bisexual,
transexual... Por ello, conociendo lo que se juega en el trasfondo de este
debate, se comprenderá por qué la Iglesia Católica compromete su imagen y
su prestigio pronunciándose en un tema tan estratégico. Tengamos en cuenta
que este "feminismo de género" propone depurar la educación y los medios
de comunicación de cualquier "estereotipo" masculino o femenino, de forma
que a los niños se les "ayude" a desarrollar una sexualidad polimórfica.
No estamos pues ante un debate de mera tolerancia. La ideología de género
no se limita a reivindicar tolerancia para los homosexuales, sino que pasa
a criticar la visión heterosexual de la humanidad; ya que presupone que
estamos manipulados por una visión judeocristiana que nos ha hecho creer
que el mundo está dividido en dos sexos que se atraen el uno al otro.
Sin embargo, la posición del documento
vaticano es muy equilibrada: Por una parte entendemos que hablar del
género masculino o femenino no es una cuestión de meros roles sociales,
sino que encierra una "vocación", es decir, una llamada a "ser lo que
somos por naturaleza". La vocación a la paternidad y la maternidad no es
un rol, sino una vocación; lo que no obsta para que debamos estar atentos
a purificar los roles discriminatorios que las diversas culturas hayan
atribuido a esa vocación. Añádase a esto otra matización de la Carta de la
Santa Sede: El machismo tradicional invocaba la diferencia genital con la
intención de justificar el abuso y la discriminación hacia la mujer;
olvidando que "todo ser humano, hombre o mujer, posee una dignidad
inalienable por el solo hecho de ser persona". Pero también es un error de
signo contrario el del feminismo radical, cuya meta no es acabar con los
privilegios machistas, sino con la distinción de los sexos. Piensan que el
enemigo a vencer no es la discriminación, sino la diferencia. Su
equivocación está en pensar que para alcanzar la misma dignidad, hay que
borrar toda diferencia; bien sea mediante un mimetismo o por
masculinización de la mujer. Sin embargo, no es necesario que dos seres
humanos sean idénticos para que tengan la misma dignidad. Es más, la
dignidad implica diferencia, singularidad, originalidad... El significado
de la diversidad es la complementariedad; de forma que las desemejanzas
han sido queridas por Dios en función de la comunión y del don recíproco.
Todo confluye para que el ser humano, hombre o mujer, alcance su
realización por medio de un don sincero de sí.
Al concretar las diversas formas de este
"don sincero de sí mismo", traemos a colación de nuevo la imagen de la
Virgen María, modelo de las mujeres que han desarrollado su dignidad
femenina en el matrimonio y la maternidad; pero modelo también de aquellas
otras que han desarrollado ese misma vocación femenina sin engendrar hijos
o sin la vocación expresa al sacramento del matrimonio. Veneramos a la
Asunta a los Cielos como aquella de la que Dios se sirvió para revelar al
mundo la riqueza del alma femenina.
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