Las cuentas claras
Resulta vital para la prevención del VIH/SIDA, la educación ética de las
personas. Esto significa formar a partir de los valores. Donde no hay
valores, no hay verdadera educación.
A
veinte años del descubrimiento del virus de la inmunodeficiencia humana
(VIH), la prevención continúa siendo la piedra angular para el control del
SIDA. Según un informe de la ONU, hecho público hace unos días, el número
de muertes por SIDA nunca había sido tan elevado como en 2003. África
sigue siendo el continente más castigado por la proliferación del VIH.
Uganda es el único país africano que, tras haber adoptado una política de
lucha contra la promiscuidad sexual e impulso de la fidelidad monógama, ha
rebajado la tasa de infectados de SIDA del 15% al 5%.
La
triste novedad del citado informe: esta vez, el aumento se ha producido,
sobre todo, por relaciones heterosexuales y las mujeres son las que más se
han contagiado.
Desde los mismos inicios de la expansión mundial de esta enfermedad,
resultó evidente que la educación y la información son, si bien no las
únicas, sí las principales estrategias de prevención con que se dispone.
Las estadísticas confirman que la abrumadora mayoría de los casos de
transmisión del VIH implican actitudes que están íntimamente relacionadas
con el comportamiento y las relaciones humanas: cambios frecuentes de
pareja sexual, infidelidad, prostitución, drogadicción, entre otras. Es
por ello que, el objetivo primario de todo programa de prevención para que
sea realmente eficaz, debe ser el de modificar esas actitudes que hacen al
individuo susceptible de contraer el virus. Y eso no se logra con la
distribución de preservativos, como ya lo sabemos. Lo afirma incluso la
Organización Mundial de la Salud en la resolución de su Consejo Ejecutivo
del 29 de enero de 1992: “La OMS quiere que se sepa que sólo la
abstinencia o la absoluta fidelidad eliminan el riesgo de la infección”.
Por
lo mismo, la información debe ajustarse estrictamente a la verdad so pena
de que todo el programa de prevención pierda credibilidad o eficacia. Tal
es el caso de la promoción del condón como "sexo seguro", es decir libre
de riesgos, lo cual no se ajusta plenamente a la verdad. En varios
estudios durante la última década, se ha detectado una variable tasa de
fallos, en dependencia del país, las edades estudiadas, el tipo de condón
utilizado, entre otros factores. Si tenemos en cuenta que lo que se juega
con cada fallo es la vida de uno o incluso de varios seres humanos, la
situación no resulta tan sencilla. Este tipo de mensajes hace que en las
personas se genere una falsa sensación de seguridad y que lejos de
abandonar las prácticas sexuales riesgosas, las incrementen, al sentirse
“protegidos”, aumentando a su vez estadísticamente la posibilidad de
resultar contagiados o de contagiar.
Urgen medidas preventivas que promuevan conductas y formas de asumir una
sexualidad madura y responsable, contrarrestando los nocivos patrones de
conducta sexual imperantes en nuestra sociedad. Y no se trata de vano
moralismo ni de embarcar en discursos negativos y apocalípticos que ya han
formado parte de varias campañas de prevención (¿se acuerdan de aquel que
decía algo así como contra el SIDA no hay remedio? ¿O las peroratas que
anunciaban el fin de la humanidad?). Pero tampoco nos pasemos de listos
con eslóganes como el “póntelo” (el preservativo) o “cuídate”. Estamos en
un momento clave para afrontar el problema de frente: la única arma contra
el SIDA es la educación en los valores, y eso no solamente mientras no se
descubre una vacuna que la prevenga.
Resulta vital para la prevención del VIH/SIDA, la educación ética de las
personas. Educación ética significa formar a partir de los valores. Donde
no hay valores, no hay verdadera educación; puede haber instrucción,
entrenamiento, pero nunca educación. Es preciso tener presente que la
adquisición de los valores no procede de su conocimiento racional o su
memorización, sino que estos se transmiten y son asumidos por los
individuos en procesos vivenciales; por decirlo de otra forma, los valores
"se contagian" si son vividos y testimoniados.
Educar en los valores consiste en ir despertando y alimentando la
sensibilidad, el sentido ético, esto es, la capacidad de la persona para
captar y hacer suyos los valores, educándola para el discernimiento, ante
las circunstancias y situaciones que deberá encarar a lo largo de su vida.
De
más está decir pues, la crucial importancia que juega la familia, pues es
en este ámbito donde se vivencian de forma privilegiada los valores. El
punto clave está en que se enseñe sobre la importancia de una sexualidad
ordenada, de la unión que existe entre amor y sexualidad, del valor de la
fidelidad.
El
amor es una de esas palabras cargadas de los más variados sentidos. Pero
decirle a alguien te amo, no es lo mismo que pensar te deseo o me siento
atraído por ti. El amor auténtico hace a la persona más completa. Todo lo
contrario a lo que asistimos actualmente. Se confunde amor con
satisfacción de una pulsión instintiva, animal. Aquí viene muy a cuento
una frase inmejorable del psiquiatra español Enrique Rojas: “Cuando el
animal tiene lo que necesita, se calma y deja de necesitar. El hombre es
un animal en permanente descontento. Siempre quiere más. Por eso, el
conocimiento de lo que es el amor le va llevando hacia lo mejor. El amor
es lo más importante de la vida, su principal guión. Lo expresaría de
forma más rotunda:yo necesito a alguien para compartir mi existencia”.
A
alguien, no a algo, que es en lo que se han convertido las personas en la
relación sexual “amorosa” de hoy. Como en la película de Truffaut, Jules
et Jim, que, aunque de 1961, adelantaba ya algo de nuestra sociedad
postmoderna en la escena en la que Jules se encuentra con un viejo amigo
en un bar y éste le presenta a su bellísima acompañante: "No le hables"
-decía el amigo- "ni oye, ni puede responder. Es sordomuda. Puro sexo".
Hoy
se defiende precisamente un amor-mentira, como si fuera una verdad.
Comenta un autor: “Los mitos actuales han rebajado el sentido de la
sexualidad hasta despojarla de todo contenido humano como si fuera un
simple fenómeno zoológico o una vulgar forma de entretenimiento y
diversión.” Sin embargo, la posibilidad de un amor total, exclusivo,
responsable, fiel y fecundo, con el peso que cada uno de estos
calificativos conlleva, le da a la sexualidad humana su dimensión de
dignidad y de grandeza y la preservan de la “banalización” y la
“animalización” reinantes. Sólo hay que hacer la prueba.
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