En favor y unidos por la paz
Víctor Corcoba Herrero
El
corazón humano anhela este gran bien y la gente aspira a vivir en armonía.
El mundo de hoy es un pueblo que necesita unir sus aldeas en el amor.
De
un tiempo a esta parte, he asistido, participado o he sido convocado a
diversos encuentros por la paz. Citaré algunas de esas estampas
imborrables que se quedan prendidas en el corazón. Un grupo de poetas
andaluces lo hacen con el verso, como aceituneros del amor, en la tierra
del olivo (Jaén), reunidos en un libro, auspiciado por el ilustre Colegio
de Gestores Administrativos de Granada, Jaén y Almería. Juan José
Romero-Ávila García, Delegado en la tierra jiennense, vociferaba los
encantos de la unión en favor del don de los dones, sin el cual es
imposible dar pleno sentido a la vida y promover el desarrollo. “El olivo
es, sin duda alguna, el árbol de la paz. Una rama de olivo fue el símbolo
de la reconciliación de Dios con los hombres tras el Diluvio Universal y
una rama de olivo en el pico de una paloma blanca es, desde entonces, la
representación gráfica de una paz que, sin embargo, parece imposible por
el empecinamiento de los hombres. Por eso no podemos sustraernos en Jaén,
esencia y paisaje de olivares, a luchar por esa paz con idéntico empeño,
cuando menos, al que ponen quienes prefieren la guerra y la declaran para
llenar el mundo de muerte, desolación y miseria”.
El
corazón humano anhela este gran bien y la gente aspira a vivir en armonía.
El mundo de hoy es un pueblo que necesita unir sus aldeas en el amor.
Hemos visto centenares de jóvenes hermanados por la paz en distintas
Iglesias, colmando los templos de latidos. Quizás como nunca. Produce
conmoción observar a los jóvenes entonar cantares de vida, o compartir su
silencio, el de retornar los ojos al interior del alma. ¡Qué gran poema de
albas en el alma! Estoy convencido de que sí se ensamblaran todas las
religiones de la humanidad en favor de la paz, adoctrinando desde la
grandeza y la dignidad de la persona, cambiaría nuestra relación con el
mundo y con las gentes. En este sentido, también nos llena de gozo, que la
semana de oración por la unidad de los cristianos revista una especial
relevancia ecuménica; una preciosa ocasión para que todos, cristianos y no
cristianos, nos impliquemos en la tarea de ser una sola familia, sin
tantas fronteras ni frentes. Necesitamos vivir, cada uno desde su
creencia, la comunión de versos, que es la vida; y preguntarnos, al beber
de la poesía, si con nuestras actitudes favorecemos la unidad.
Nada se puede imponer por la fuerza bruta, las ideas se proponen y se
debaten. Ahí está ese movimiento de vascos y conciudadanos españoles, que
llenan las calles con sus manifestaciones, a los que me uno en favor de la
paz, dispuestos a dejarse la vida en la conquista de otro clima y
atmósfera, que haga factible el diálogo, para que la convivencia sea
posible. Con la violencia y con los labios sellados por el terror, la
razón no entiende de razones. Se pierde el raciocinio y hasta lo lógico se
torna ilógico. La paz sólo es posible sí se renuncia recíprocamente a todo
tipo de intimidaciones desde una apuesta sincera por el intercambio de
pensamientos. Nos interesa a todos repostar los aires respetuosos de la
conversación; conversar mucho para aplacar desaires, para que todo
ciudadano/a, sea como sea en su forma de pensar, pueda vivir libremente en
la tierra que opte por vivir.
El
mundo necesita cada día más, ser construido en la paz y en la concordia,
desde el acuerdo y el consenso. A fuerza de cesiones de unos y otros, los
maridajes son más posibles. De lo contrario, se encienden las
brutalidades, y la vida se hace más difícil para todos. Por desgracia, las
guerras y conflictos continúan proliferando y envenenando las vidas de
tanta gente, particularmente en los países más pobres. De todos estos
temas, pude intercambiar impresiones recientemente, con unos jóvenes que
luchan por ser normales, que me acogieron en su Casa de Acogida, para
hacer tertulia. Me dieron más que yo les di. Son personas que el mundo
descuida. Oírles hablar tan animoso por querer salir de la noche a la luz,
se contagia. Te pone en movimiento, en favor de una mayor justicia.
Ciertamente, no puede uno estar en paz consigo mismo, cuando palpa tanta
miseria en un mundo de ricos. Uno de esos jóvenes “marginales” me
recordaba como un pesebre sirvió de cuna, como hoy día los pobres
refugiados usan cajas de cartón y otros recursos caseros como cunas
provisionales para sus recién nacidos, frente a ese otro mundo que
derrocha y despilfarra. Pedían más conciencia y más respeto hacia toda
persona por el hecho de serlo, más humanidad desde la concepción hasta su
término natural. Les parecía “raro” que yo les abrazara. Otro me recordaba
que la misma María, experimentó la pobreza. Ella no perteneció a los
poderosos del mundo. Es simplemente la “sierva” de Dios. Al tiempo que nos
lanzaba una pregunta al aire: ¿Tenemos hoy sitio en la posada para todos
los que llaman a la puerta? Yo quedé mudo, sin palabras a su palabra. La
responsable de la Casa, rompió el silencio: “Aquí no, ya nos gustaría
ampliar las plazas para acoger a más jóvenes. Tenemos lista de espera.
Estamos desbordados como sabéis”.
Realmente, sin apenas darme cuenta, caí en la cuenta de haber vivido y
convivido en comunidad, con estos jóvenes que nadie quiere verles, ni
encontrarse en ningún sitio, la auténtica Navidad; la del amor
transparente, la de la donación de latidos. Aquel ambiente sí que era de
paz, y de cualidades humanas, algunas de las cuales requieren un delicado
equilibrio de aparente oposición: disponibilidad/estabilidad,
iniciativa/obediencia, escucha/ urge, animación/liderazgo,
sencillez/prudencia, flexibilidad/firmeza, servicio/gobierno,
humildad/creatividad, espontaneidad/planificación. Hasta siempre y hasta
pronto. Porque la paz sea la estrella, que nos congregue a futuros
encuentros. Porque ni somos tan diferentes, ni somos tan iguales.
Simplemente queremos ser en la vida, y con la vida en paz, vivir la vida.
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