Cultura sin cristianismo
Eduardo Hayen Cuarón
La
economía y el desarrollo social de Europa no son preocupantes. El euro es
moneda fuerte y el nivel de vida sigue creciendo. Pero la gran tristeza es
el colapso de la cultura cristiana. Frente a las nuevas hordas de
musulmanes que la invaden, Europa se ha quedado sin armas para defenderse.
El
nacimiento de Jesús en la cueva de Belén es hoy, para muchos, sólo un
tierno cuento. Sin embargo ese acontecimiento engendró la cultura más
influyente de toda la historia. ¿Qué hubiera sido del mundo sin el
alumbramiento de ese Niño? Sabiendo que el cristianismo fue el evento que
logró unificar a muchos pueblos muy diversos entre sí, el resultado
hubiera sido una sociedad despiadada donde los fuertes serían los
protagonistas. Sin cristianismo las universidades ni el pensamiento
científico existirían, como no aparecieron en otras culturas. El
reconocimiento del valor primordial de la persona, los derechos humanos,
la democracia, la educación y la ciencia son frutos de la cultura
cristiana que se expandió desde Europa hacia el resto del mundo. Basta
mirar a las culturas conformadas por el islam, el budismo, el hinduismo o
el animismo para darnos cuenta de que en ellas se consideran legítimas
algunas conductas degradantes para el ser humano. Nunca la humanidad
hubiera alcanzado cimas tan altas sin el influjo civilizador del
cristianismo.
Europa fue el continente donde floreció la cultura cristiana con mayor
esplendor. Sin la religión fundada por Cristo aquellos pueblos hubieran
terminado destruyéndose unos a otros. Jesús de Nazaret logró, con su
predicación y su ejemplo, la unificación de muchas razas y culturas en lo
que conocemos como la cristiandad. Durante muchos siglos la Iglesia y la
sociedad tendieron hacia la unidad, creando una cultura vigorosamente
influida por la religión cristiana. Las conquistas de nuevos territorios
estaban motivadas por la expansión del Evangelio para conquistar almas
para Cristo. Los soldados que defendieron Europa contra los invasores
musulmanes eran concientes de que combatían por defender su fe. El Rosario
era su arma favorita.
Hoy
los líderes europeos se niegan a reconocer que el cristianismo jugó un
papel fundamental para la formación de su cultura. Durante el año pasado
el Papa Juan Pablo II cuestionó a los líderes de Europa por no hacer
mención del cristianismo en la nueva Constitución Europea. Negar que la
Cristiandad tuvo un papel fundamental para integrar los diferentes pueblos
de Europa, y para formar la civilización más influyente del mundo, es
negar una simple realidad histórica.
Durante muchas generaciones los europeos se han ido apartando de su
patrimonio religioso. Holanda, el país que llegó a tener más misioneros
cristianos en el mundo, ahora siente un perverso orgullo de su gigantesca
industria de la pornografía y de sus leyes sobre la eutanasia. En Francia,
la “hija querida de la Iglesia”, los padres de familia han dejado de
bautizar a sus hijos. Italia y España, tierras que durante siglos dieron
grandes santos y que fueron orgullosamente católicas, tienen hoy las tasas
más bajas de natalidad en el mundo. La vieja Europa ha optado por no tener
hijos a quienes transmitirles la vida, la fe y la cultura. Podemos decir
que la cultura europea está agonizando.
Hoy
los puestos de trabajo en Europa están siendo ocupados por inmigrantes,
quienes están llevando al continente sus propias instituciones culturales.
Las mezquitas, lugares para el culto islámico, han ido apareciendo por las
ciudades europeas, no sólo porque muchos inmigrantes son musulmanes, sino
sobre todo porque poquísimos europeos hacen el esfuerzo por convertir a
los nuevos inmigrantes al cristianismo. La economía y el desarrollo social
de Europa no son preocupantes. El euro es moneda fuerte y el nivel de vida
sigue creciendo. Pero la gran tristeza es el colapso de la cultura
cristiana. Frente a las nuevas hordas de musulmanes que la invaden, Europa
no tiene armas para defenderse.
La
fe cristiana nos llegó de Europa. Rescatarla e integrarla a nuestra
cultura es primordial. De lo contrario seremos también una sociedad sin
alma y con poco amor a la vida, una sociedad de regreso a la antigua
barbarie pagana en la que se cumplan aquellas terribles palabras de Jesús:
Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?
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