En las atalayas de la cultura
Francisco Baena Calvo
“Dios ha muerto”, sentencia la cultura contemporánea dominante, satisfecha
de sus propios límites y negada a admitir cualquier planteamiento que
asuma realidades trascendentales o planteamientos de un Dios personal que
actúa y dirige la historia.
A
medida que la realidad se hace más explicable en su propia inmanencia y
aboga encarecidamente por su propio razonamiento, las interpretaciones de
religiones concretas van perdiendo credibilidad y son atacadas en
beneficio de la propia sospecha.
La
interpretación ortodoxa cristiana y la misma transmisión de la concepción
del Jesús histórico en el seno de las Iglesias cristianas son puestas en
entredicho, si bien en el horizonte actual se da como principio, en la
mayor parte de la gente, un cierto deísmo impersonal y difuso.
La
religión cristiana, otrora satisfecha de su propia dominancia y vencedora
en la batalla histórica contra el paganismo, parece quedarse sin
argumentos ante la extensión de posturas pragmáticas, agnósticas y ateas
en las esferas más dispares de la sociedad.
Verdaderamente hay un interés para silenciar la huella de Dios en la
cultura dominante y en los medios de comunicación social, dominados y
dirigidos por grandes dueños de capital, empeñados por acallar el nombre
de Dios, y más en concreto la presencia cristiana. En este marco
ideológico podemos enmarcar la poblemática que se ha suscitado en la
Comunidad Europea acerca de expresar o no en la Nueva Constitución Europea
las raíces cristianas de la misma.
Es
más, no sólo se ha proclamado en las atalayas de la cultura la “muerte de
Dios”, sino que se han propuesto eliminarlo incluso de la conciencia y del
corazón del hombre mismo.
Sin
duda alguna, cuando del horizonte social se arrincona el fundamento de la
realidad misma como entidad absoluta y el sustento mismo del sentido
global de la misma persona como Totalmente Otro, entonces el hombre mismo
se siente amenazado, se legitiman las actitudes más atroces contra el
mismo hombre y se relativizan los mismos valores donde se debe anclar la
convivencia social.
En
los planteamientos filosóficos de la mismas posturas que abogan por la
“muerte de Dios” están la dignidad del hombre mismo y el auge de su misma
libertad, pero la experiencia nos confirma, por muy silenciosa que la
quieran manifestar, que negar a Dios lo único que conlleva es amenazar la
historia misma del hombre mismo en su realidad individual y grupal.
Todos estos planteamientos son desafíos para el anuncio mismo de la
Iglesia en esta cultura occidental. La pregunta clave en la evangelización
actual probablemente sea el cómo anclar la existencia de Dios y cómo
anunciar a Dios en una cultura dominante que ha concebido el lenguaje
religioso como hipótesis no verificables ni demostrables que jamás podrán
ser confrontadas con la realidad de una manera absoluta.
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