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La crisis de la autoridad

Guillermo Ferrer Monjo

Ejercer la autoridad debe ir siempre ir acompañado de un plus de entrega, de generosidad extrema, de diálogo y consenso, pero que en definitiva, no pierda su responsabilidad plena, su potestad última.

Los padres nos quejamos, hoy día, que los hijos no obedecen como antaño. La autoridad, por doquier, sufre sus peores momentos, al menos a primera vista. Los profesores y maestros demandan más autoridad, las personalidades administrativas rechazan el marcaje público a través de la prensa, e incluso en el seno de la Iglesia se repudia el ejercicio de la autoridad jerárquica. La autoridad es, hoy por hoy, sinónimo de rechazo. Alguien a quien hay que criticar. Al empresario, al profesor, al jefe, al político, al presidente, al alcalde, al obispo, a los padres…

Los adultos reivindicamos más autoridad ante las jóvenes generaciones. Pero también abolimos formas autoritarias del ayer. Cabe distinguir entre autoritarismo y autoridad. En pleno siglo XXI, ¿es necesaria la autoridad?, ¿en un mundo donde todo es relativo, y prima mi libertad de escoger, por qué obedecer a una voz externa que coarte mi autonomía e independencia?

La autoridad es sinónimo de potestad, de facultad para ejercitar sobre algo o sobre alguien. Es el carácter o representación que ostenta una persona, ya sea por el cargo que ocupa en una determinada profesión, ya sea por su mérito, o incluso por su nacimiento. Pero la autoridad también se define como “crédito y fe que, por su mérito y fama, se da a una persona o cosa en determinada materia”, según nuestro diccionario. Aunque por autoridad también se define la ostentación y el fausto.

Nuestra sociedad, que mama por activa y por pasiva un relativismo exacerbado, cuestiona cualquier tipo de autoridad, incluso la legítimamente constituida, convirtiéndola en autoritarismo, esa forma de ejercer la potestad de forma sumisa y sin diálogo. Ciertamente, la autoridad va íntimamente ligada al carácter personal del que la ejerce. Y en épocas de libertades, mejor dicho, de independencias y autonomías de toda índole, como las que vivimos hoy, la autoridad debe ganarse el respeto y la estima de sus subordinados.

Ejercer la autoridad debe ir siempre ir acompañado de un plus de entrega, de generosidad extrema, de diálogo y consenso, pero que en definitiva, no pierda su responsabilidad plena, su potestad última. El diálogo, el consenso incluso, es una forma positiva de dirimir las relaciones personales. Habrá momentos en que la autoridad debe mostrarse inamovible, ante aquello de lo que no puede rescindir. Pero nunca impasible. Un padre, una madre, un profesor o cualquier autoridad que se muestre fría y distante ante sus allegados, nunca será· obedecida desde la comprensión. Más bien, desde la sumisión.

El discurso parece lógico. Aunque la práctica requiera más habilidad que la destreza de la explicación. La autoridad sigue siendo necesaria. Ayer, hoy y siempre. Es espejo de la responsabilidad de los unos con los otros. Y es, ante todo, la potestad de luchar del más fuerte para el beneficio del más débil. Sólo ante la coherencia de los hechos del que ejerce la autoridad es comprensible la obediencia libre.

Hace unos años escuché a un monje benedictino explicar el significado del término “obediencia”, que proviene del latín y del griego, y que se refiere al hecho de “saber escuchar”. Escuchar al que no practica lo que impone es sinónimo de rebelión. Mientras, obedecer al que es coherente, magnánimo, cercano, humano, e igual en todo a nosotros, se expresa desde la adhesión a la autoridad por solidaridad con su ejercicio y su persona. Es gratificante obedecer a quien muestra su mérito por la autoridad recibida. Y si esa potestad se ejerce desde la humildad, la sencillez y la entrega generosa, mucho más.

 
 

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