Un día más y una noche menos
Víctor Corcoba Herrero
Conocerse mejor uno mismo y conocer mejor a los demás, para compartir los
recursos de los unos y de los otros. Sería un día más para todos, pero
también una noche menos para los que sólo tienen noches.
Soy
de los que piensan que el tiempo me come, mientras yo permanezco
hambriento de vida. Todo se me pasa como muy fugaz. Apenas, sin darme
cuenta, ya estoy en el día siguiente. Salvo ayer que quise radiografiar lo
vivido, en un día cualquiera. Al final terminé rendido de tantas idas y
venidas, vueltas y revueltas. Para empezar, inicié la jornada, con un
desayuno ligero y un montón de periódicos, muy gordos, sobre todo de
revistas y regalos. Las noticias son más bien poco esperanzadoras. Todo
hay que decirlo, en este mundo de ¡aysss...!. Es el efecto esponja.
Recogen los aires del humano, donde cohabita una atmósfera de egoísmo
total y muy poco amor. Un titular, de tantos, nos fundamenta el hecho: “Un
marido acaba de cepillarse a su esposa; y se queda tan contento, como si
nada hubiese ocurrido”. Esta sociedad, que aparte de ser violenta, es más
represiva (todo lo solventa con la prisión), que creadora de un clima
favorable a la reinserción social y a la prevención, se afana en
empapelarse de leyes, como solución para todo, cuestión que en vez de
educarnos nos pone de dientes, o en vez de darnos seguridad, nos
decepciona, al ser incapaz la justicia de juzgar y hacer ejecutar lo
juzgado.
Posteriormente acudí a la oficina donde trabajo. Como siempre sufrí los
atascos habituales. Es el precio que hay que pagar por vivir en el
extrarradio. Un canon que debe llevar como acompañamiento, la paciencia
del Santo Job. Al político de turno le importa un pimiento que no funcione
el servicio público. O es un incapaz para tomar medidas. Se corren la bola
de unos a otros. Siempre es cuestión de competencias. Cuando lo suyo es de
una incompetencia total. Para más Inri, casi siempre a la hora de máxima
afluencia, hay una merma de carriles en la autovía, en ocasiones
incomprensiblemente, puesto que nadie lo ocupa en trabajo alguno. Esta
fiebre de los embotellamientos se da en toda España a juzgar por las
conexiones radiofónicas con la Dirección General de Tráfico. Siempre son
los mismos puntos y en los mismos lugares. ¡Vaya cruz! Atrás queda el
tiempo en que los conductores se ayudaban unos a otros, la carretera ya no
es una expresión de fraternidad, más bien todo lo contrario, de
agresividad continua, prepotente y violenta. La afabilidad, el respeto de
los derechos y deberes y la prudencia, se han cambiado por cortes de
manga, pitadas, deslumbramientos y griteríos. Urge, desde luego,
sensibilizar sobre el uso al volante, que a mi juicio no pasa por aumentar
las penas, sino por acentuar campañas educativas y de reciclaje, empezando
desde la edad escolar.
Ya
en el almuerzo, que lo hago en un restaurante cercano a la oficina para
huir de la penuria del tráfico, tuve que soportar los cotilleos de una
cadena de televisión, donde los seres humanos se venden por unas migajas,
son simples unidades de consumo, grupos rivales de interés, de los que se
obtiene un rendimiento, incrementar el número de bebedores adictos a estos
programas, que fomentan de todo, menos la educación y el buen estilo. Son
espacios de auténtica mercadería humana, sin vida interior alguna, donde
todo vale con tal de aumentar el número de seguidores.
Tras finalizar la jornada de trabajo, se me ocurre pasarme por unos
grandes almacenes para realizar unas compras de víveres. Más colas. Había
olvidado que han comenzado las rebajas. Durante las fiestas de Navidad
hemos tenido ofertas tentadoras y ahora, en enero, los saldos y gangas de
toda la vida. ¡Toma cuesta!. Me doy cuenta que una de las cosas que yo
compré para la Navidad, está a mitad de precio. El cabreo que tomo, lo
pueden suponer. ¡Tenía que haber esperado! -me digo a mí mismo. Una
señorita de cierto aspecto estrafalario, que está soportando la misma cola
que yo, advierte mi enfado, y toma partido: “No se preocupe, son tallas
sueltas, y seguro que no había la suya”. Su afirmación, instintivamente,
me obliga a mirarme y a mirarla, no precisamente con cara de muy buenos
amigos. “¿Es que me ve usted demasiado gordo?” -le digo. De inmediato me
contesta, con una sonrisa entre angelical e inocente: “No se enfade buen
hombre, está usted como todos los españoles”. La vuelvo a remirar, y
pienso, que su acento no es de aquí, después que me doy cuenta: “¿Quizás
usted no es española?”. Su réplica no se hace esperar. “Ya quisiera, ser
ciudadana española. He llegado en una patera, y estoy dispuesta a todo, a
trabajar de lo que sea, a casarme con un hombre como usted, con tal de no
regresar nunca más a mi país”. De pronto me doy cuenta de su cara de
sufrimiento y de sus deseos de vivir como una española más. Me comenta que
se encuentra sin papeles, sin techo y sin esperanza, y que por eso había
optado esta tarde, ya casi noche, por gastarse todos los ahorros en ropa,
para cambiar de imagen, harta de tantos desprecios y ofensas. “Según te
ven el fajo, así te trato” -me remata.
Ya
de regreso, en casa, en esas horas últimas anteriores a coger el sueño, en
la que uno hace reflexión sobre la jornada vivida, me vuelvo a recordar de
la señorita de los grandes almacenes, de su dramática odisea, y de tantos
inmigrantes que, como ella, duermen entre cartones, esperando una luz que
les cambie sus vidas. O unas palabras de acogida. Bien pudieran servir
como espacios de encuentro las casas de cultura, esas que existen en todos
los pueblos, a veces más inactivas que activas, o más de propaganda
política que de servicio a la ciudadanía. Necesitamos reencontrarnos,
hallarnos juntos, para vencer toda tendencia a encerrarnos en nosotros
mismos y transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el
rechazo en solidaridad. Puede ser un buen propósito de enmienda, al inicio
del año. Conocerse mejor uno mismo y conocer mejor a los demás, para
compartir los recursos de los unos y de los otros. Sería un día más para
todos, pero también una noche menos para los que sólo tienen noches.
Precisamos- conducirnos más en valores y menos en cosas, dejar tribunas
que avasallan a los más débiles, poner en entredicho figurines que
aparentan ser más que los demás, y no caer en los malos modales, aunque
los aires pinten bastos. Es un consejo que a mí mismo me aconsejo.
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