Perú, tierra “ensantada”
José Antonio Benito
Si
Ávila se define como “tierra de cantos y de santos”, Perú puede hacer lo
propio y aceptar el título de “tierra encantada” y “ensantada”, por los
santos que la han poblado.
Si
Ávila se define como “tierra de cantos y de santos”, Perú puede hacer lo
propio y aceptar el título de “tierra encantada” -título acuñado para la
obra de Manuel Marzal al referirse a América como lugar de profunda
espiritualidad- y “ensantada”, por los santos que la han poblado. Rafael
Sánchez-Concha B , catedrático de la Pontificia Universidad Católica del
Perú, nos lo demuestra en la obra recientemente publicada por la editorial
del Movimiento de Vida Cristiana, Vida y Espiritualidad, Lima 2003, y que
se titula "Santos y Santidad en el Perú Virreinal".
Una
noche de insomnio, una profesora judía, atea, discípula del famoso
filósofo Husserl, se levantó de la cama, tomó uno de los libros de su
estantería y comenzó a leer y leer. Casi al amanecer, cerró el libro,
murmurando feliz: Ésta es la Verdad Se trataba del "Libro de la Vida" de
Santa Teresa de Jesús. Era el año de 1920. Posteriormente, ingresó en el
Carmelo y fue martirizada por los nazis en 1942. En 1998 fue canonizada,
en 1999 fue designada copatrona de Europa y en el 2002 doctora de la
Iglesia. ¿Qué fue lo que le cautivó de la lectura teresiana? ¿Su
autenticidad sin doblez? ¿Su reciedumbre y coherencia? ¿Su vida rebosante
de entusiasmo? ¿Su alegría contagiosa, fruto del más puro amor a Dios y a
su prójimo?
Largo exordio para decirles que el libro que reseño me fue entregado como
regalo de Reyes a las 10 de la mañana, comencé a leerlo tras el almuerzo y
no pude dejarlo hasta acabarlo. A pesar de su gran extensión, se lee de un
tirón, por su agilidad de estilo y el gran aporte de nuevos contenidos.
“El
recuento de santos y hombres virtuosos parece inacabable. Aún hoy la
santidad es fruto frecuento en nuestras tierras, pero la cultura
secularizada pocas veces vuelve sus ojos hacia ella. Durante los muchos
años del virreinato, en cambio, fue piedra angular de su comunidad, suma
de la sabiduría de su época y presencia ejemplar del hombre de Dios en el
mundo” (p.323). Así comienza el epílogo el autor, en tono de desahogo y de
confidencia. Sin embargo, lo importante es poder contar con el retrato de
5 santos, 4 beatos, 20 siervos de Dios y 40 virtuosos en una sola obra,
como fruto de largas horas de investigación de archivo, de consulta
bibliográfica y de especialistas, así como de agudas reflexiones.
Además de la biografía de los conocidos santos (Rosa de Lima, Martín de
Porras, Juan Macías, Francisco Solano y Santo Toribio) y la beata: Sor Ana
de los Ángeles de Monteagudo de Arequipa., se nos presenta la de la Beata
Narcisa de Jesús Martillo Morán, oriunda del Ecuador, pero fallecida en
Lima, en 1869; y beatificada el 25 de octubre de 1992; el beato camilo P.
Luis Tezza, nacido en Italia en 1841, fallecido en Lima en 1923, y
beatificado en el 2001; y el padre salesiano José Calasanz Marqués,
español nacido en 1872, que trabajó en la parroquia “Sagrado Corazón” de
Magdalena del Mar, martirizado en España en julio de 1936, y beatificado
en el 2001.
Entre los siervos de Dios, se presentan las semblanzas de Fray Diego de
Ortiz (1532-1571), protomártir del Perú, en Vilcabamba y que fue muerto en
1572 por denunciar la incoherencia cristiana de Tito Cusi Yupanqui y
familia, el agustino Luis López de Solís (1535-1606), el mercedario
Gundisalvo ( Fray Gonzalvo) Díaz de Amarante (1540- El Callao en 1618),.
Diego Martínez, SJ (1542-1626),. Juan Sebastián de la Parra
(1550-1622),.el popular P. Pedro Urraca (1583-1657), Juan de Alloza SJ
(1597-1666), Francisco del Castillo (1615-1673) S.J., el sastre indio
Nicolás de Dios Ayllón (1618), el juandediano. Francisco Camacho
(1629-1698), Luisa de la Torre Rojas (Beatita de Humay) (1819-1869),.
Rafaela de la Pasión Veintemilla (1836-1918), fundadora de las Agustinas
Hijas del Santísimo Salvador, Pío Sarobe Otaño (1855-1910), misionero en
Ocopa,, Sor Teresa de la Cruz Candamo (1875-1953),.Mons. Octavio Ortiz
Arrieta (1879-1958), Melchora Saravia Tasayco, la Melchorita (1895-1951),
Monseñor Emilio Lissón Chavez, arzobispo de Lima (1872-1961), Martín
Fulgencio Elorza Legaristi, obispo de Moyobamba, pasionista (1899-1966),
y, finalmente, los candidatos mártires de Chimbote, los Padres
franciscanos: Miguel Tomazek y. Zbigniew Strzalkowski, así como el
sacerdote diocesano italiano P. Sandro Dordi.
Se
añaden, además, precisas biografías de cientos de nombres que practicaron
la virtud en Perú, tanto en el virreinato (: Fray Benito de Jarandilla,
Isabel de Porras Marmolejo, Fray Juan Gómez, Monseñor Francisco Verdugo,
Estefanía de San José, Antonio Ruiz de Montoya, Miguel de Ribera, Úrsula
de Cristo, Francisco de San Antonio, Juana del Santo Niño, Juan Cordero,
Francisco indio, Miguel de Guinea, Juana de San José Arias, Antonia Lucía
del Espíritu Santo, Alonso Messía, Ignacia María del Sacramento Ochoa,
Catalina de Yturgoyen-Amasa..). como en la época republicana (José Ramón
Rojas, “Padre Guatemala”, por ese país su lugar de nacimiento, el apóstol
de Ica (1775-1839) Manuel Pardo, S.J. (1877-1906) , Mateo Crawley-Boevey
(1875-1960), Pascualito Fuster (1888-1950).
Todo ello en el marco de una fundamentación teológica ( “Santos, santidad
e historia”, “La Reforma Católica y el impulso de la santidad”, “La
mortificación y las batallas contra el demonio”) y sociológica (“El Perú
de los santos virreinales”, “Militancia católica, cultura barroca y
santidad”, “Los santos y las concepciones políticas y sociales”, “La
posteridad de los santos”). El autor, excelente conocedor de la teoría del
“cuerpo” de la república, deja bien clara que su intención no es presentar
un desfile inconexo y yuxtapuesto de hombres paranormales en el espíritu,
sino adentrarse en el mundo virreinal –“época de creación...de surgimiento
de una nueva sociedad” (Jorge Basadre), concebido como “cuerpo social
organizado para servir a Dios, pero devastado en sus intimidades por el
pecado” (p.18)
La
obra cuenta con dos “padrinos” de excepción, el Dr. Guillermo Lohmann
Villena que abre la obra con un prólogo magistral en el que compara el
trabajo con la “Legenda aurea” y el “Flos sanctorum”, y el P. Bertrand de
Margerie, S.J., -ya en compañía de los virtuosos descritos- quien escribe
un bello prefacio: “Los santos de Lima, pletóricos de gracia durante su
vida terrena, han llegado a la plenitud de la gloria celestial porque
utilizaron generosa y perseverantemente los medios puestos por la Iglesia
a su disposición para santificarse, convirtiéndose para nosotros en una
permanente invitación a la felicidad”(p.15).
Un
gran acopio bibliográfico e iconográfico hacen del estudio un auténtico
arsenal informativo que posibilita las deseadas biografías de estas
figuras paradigmáticas que abren dilatados horizontes de esperanza la
sociedad del Nuevo milenio.
Si
como escribieron los Padres sinodales en “Ecclesia in América” "La
expresión y los mejores frutos de la identidad cristiana de América son
sus santos” (nn.14-15), este libro lo avala de forma sobresaliente para el
Perú. A pesar de su gran extensión, se lee de un tirón, por su agilidad de
estilo y el gran aporte de nuevos contenidos. La obra se hace
indispensable tanto para todo estudioso del mundo virreinal peruano como
para todo cristiano que sabe que está llamado a la santidad.
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