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Contagiar de salud

Luferni

Muchas comunidades han comprendido que los enfermos del mundo realizan un contagio de salud porque despiertan actitudes de fraternidad, de generosidad, de servicialidad, de asistencia y acompañamiento en todos los que estaban enfermos de egoísmo e individualismo.

El enfermo recuerda a todos, con su presencia, la fragilidad humana. Con frecuencia los sanos dan al enfermo apoyo y ánimo en momentos de dolor; pero, no pocas veces, el enfermo es un maestro de fortaleza por su recia actitud frente a los embates del sufrimiento físico.

Gracias a los enfermos, en muchos hogares, clínicas y hospitales se practican virtudes como la paciencia, la comprensión, la solicitud, la delicadeza y la disponibilidad.

Las múltiples necesidades de los enfermos despiertan la abnegación y el altruismo en muchos que deciden dar su tiempo y lo mejor de su calidad humana para alejarse de cualquier descuido, indiferencia o menosprecio, frente al sufriente desvalido.

Especialmente el dolor inocente se presenta como un misterio en que está presente la iniquidad colectiva y un sacrificio que se vuelve redentor para todos, por estar unido al Dolor Inocente del Salvador.

El embate de la violencia terrorista o bélica ha causado mucho dolor y ha enfermado a muchas familias de orfandad, de miseria y desamparo. Los accidentes de trabajo, por seguridad descuidada, han llenado de dolor a muchos hogares y han dejado al descubierto grandes injusticias e inhumanidades.

Todos los voluntariados, tan generosos como ignorados, que no buscan el balcón del exhibicionismo, se contagian de esa salud comunitaria que es el servicio desinteresado a los enfermos. “Hoy por ti, mañana por mí”, dicen, y también recuerdan, del evangelio: “Lo que hicieres a los que parecen más insignificantes, a Mí lo estás haciendo”.

Las jornadas de servicio no son un paréntesis sino puntos de partida de procesos de humanización que juntan al bálsamo con la llaga, a la queja con el consuelo, a la soledad con la compañía, al temor con la esperanza.

La civilización del amor es la globalización de la esperanza, en esa solidaridad humana que vivió un día Jesús de Nazareth y que tiene sabor de verdadera paz...

 
 

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