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Monseñor Juan Gerardi Conedera

Carlos Díaz

Cuando la peor fantasía coincide con la realidad: Guatemala. Cuando el tiempo se detuvo en las cavernas: Guatemala. Cuando hormigas sin hormiguero: un mar de guatemaltecos trabajando por unas tortillas de maíz y unos frijoles al día. Les he visto dormir en las aceras y mendigar por las calles de México D.F. para luego, tras caminar a pie enjuto interminables miles de kilómetros, terminar ahogándose en el Río Bravo, frontera con los Estados Unidos. Los guatemaltecos abandonan sus hermosas tierras mesoamericanas como otros pueblos empobrecidos de la humanidad: rezuman sangre, sudor y lágrimas. Pobre pueblo mártir, Guatemala, huyendo de las cornadas del hambre y de la dictadura de su plutocracia. No hay dictadura buena, y menos la económicopolítica.

En comparación con ella, la triste democracia formal (la de las multinacionales y de los multipobres) es un lujo, un sistema político en el que, como dijera Churchill, cuando llaman a la puerta de tu casa a las seis de la mañana, sabes que es el lechero, y siempre es mejor encontrarse con el lechero que con un encapuchado armado. Democracia, el peor régimen... excluídos los demás. No un absoluto, ni un proyecto sobre el futuro, al menos un método de convivencia civilizada. La democracia, siendo el menos malo de los regímenes, dista de ser el óptimo. Gobierno tiránico es aquel donde el superior es vil, y los inferiores envilecidos; gobierno bueno, aquel que hace felices a los gobernados, y atrae a los que viven lejos; el mejor gobierno aquel que nos enseña a autogobernarnos; el gobierno óptimo, aquel que se hace superfluo. Cabe estar más o menos críticamente en favor de la democracia, bajo cuyas capas diferentes se esconden demasiadas espadas, pero nunca fuera de la democracia.

Por desgracia, si no cabe esperar siempre buenas leyes ni justicia de los Estados donde reina la democracia formal, menos aún de aquéllos donde existen dictaduras tan feroces y sanguinarias como la de Guatemala, en donde parece que no pasa nada porque nadie da noticia de ella. Verdad es que la justicia sin la fuerza, y la fuerza sin la justicia, constituyen dos grandes desgracias; sin embargo, los dictadores siempre olvidan que gobernar es pactar, y que pactar no es ceder, sino saber rectificar. Ellos se creen hombres incorruptibles -no es difícil autoconvencerse de lo que se quiere-, y hasta piensan que son como los billetes de banco de un millón, que es difícil cambiarlos. Por eso no quieren enterarse de que los gobiernos son velas; los pueblos, el viento; el Estado, la nave; el tiempo, el mar; y ellos, el lastre. Ellos, los dictadores, fusilan a quien se atreve a decirles a la cara esta frase: una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil. Sin embargo, nunca se entra en un corazón por la fuerza, nadie puede ser llamado señor de otro por fuerza, tirano sí; por la fuerza un rey puede hacer un noble, pero no un caballero. La fuerza tiránica sólo es capaz de hacer esclavos en torno a sí, el tirano hace a los esclavos, y los esclavos que aceptan su esclavitud hacen a los tiranos. Ese es el círculo letal de la dictadura, aquel régimen en que la gente, en lugar de pensar, recita, y en lugar de caminar, repta. Sin embargo, el dictador está siempre amenazado, pues a muchos ha de temer quien es temido por muchos.

A veces, el primer golpe de indignación produce una reacción; sin embargo, cuando la indignación se asienta, volvemos a lo de siempre. En Guatemala (en Guatepeor) se asesina a mucha gente, y es difícil denunciarlo allí sin que te caiga encima el imperio del crimen organizado de un Estado que es oligopolio plutocrático-militar. Monseñor Juan Gerardi Conedera, obispo de su pueblo famélico y masacrado, se atrevió a decir la verdad, y la verdad le hizo mártir. Hasta su martirio ha pasado sin pena ni gloria por el primer mundo, aunque no debe esto extrañar, ya que es el primer mundo el que está detrás del crimen, especialmente ese país asesino por antonomasia y lacra de los seres humanos, que presume de estatura moral de la humanidad.

El pastor bautista Martin L. King, uno más en la interminable lista de los caídos por denunciar el desorden establecido, dejó escrito: *Diremos a los enemigos más rencorosos: a vuestra capacidad para infligir el sufrimiento, opondremos la nuestra para soportar el sufrimiento. A vuestra fuerza física responderemos con la fuerza de nuestras almas. haced lo que queráis y continuaremos amándoos. En conciencia no podemos obedecer vuestras leyes injustas, porque la no-cooperación con el mal es, igual que la cooperación con el bien, una obligación moral. Pero tened la seguridad de que os llevaremos hasta el límite de nuestra capacidad de sufrir. Un día ganaremos la libertad, pero no será solamente para nosotros. Lanzaremos a vuestros cuerpos y a vuestras conciencias un grito que os superará y nuestra victoria será una doble victoria.

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido. A decir verdad, todavía estoy por empezar una campaña de acción directa que sea 'oportuna' ante los ojos de los que no han padecido considerablemente la enfermedad de la segregación. Hace años que estoy oyendo esa palabra '¡Espera!'. Suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. La comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices.

Para que las heridas no se cierren en falso, apelo a la buena voluntad de las gentes con corazón con un grito helado y silencioso en el desierto de Occidente, pero hondo y verdadero. El grito es éste: ¡En el nombre de Dios, cese esta matazón, que clama al cielo! No sé bien qué es lo que en concreto podemos hacer tú y yo al efecto, amable lector, pero si puedes hacer algo, por favor, hazlo ya.

 
 

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