Feliz el que te ama
a Ti
Carlos Díaz
Cierto día un sabio visitó el infierno. Allí vio a
mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de
alimentos, a cual más apetitosos y exquisitos. Sin embargo, todos los
comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado. Tenían que
comer con palillos; pero no podían, porque eran unos palillos tan largos
como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían
llevarse nada a la boca. Impresionado, el sabio salió del infierno y subió
al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de
comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía
la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre,
respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que allí, en el
cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que
tenía enfrente.
El que te creó sin ti no te salvará sin ti. Dios sólo
ayuda a quien hace por ayudarse a sí mismo.
Feliz el que te ama a ti, al amigo en ti y al enemigo
por ti. No pierde a ningún ser querido aquel, y solo aquel, para quien
todos son seres queridos en Aquel que nunca se pierde.
Quieres tener a Dios de tu parte? Es muy sencillo:
ponte tú de parte de Dios.
Cuando nosotros hacemos la voluntad de Dios, entonces
se hace la voluntad de Dios en nosotros.
Dios está en todas partes. Por tanto, si tú no quieres
apartarte de Él, Él no podrá apartarse de ti.
Acercarse a Dios es asemejarse a Él. Apartarse de Él es
deformarse a uno mismo.
No olvides jamás que Dios llena los corazones, no los
bolsillos.
Ningún hombre es veraz si Dios, que es la Verdad, no
habla en él. Pero )cuándo habla Dios en el hombre? Cuando el hombre está
lleno de Dios.
Para que un adulto llegue a poseer los ojos del niño
necesita el amor de caridad, que hasta cierto punto es más fácil de
practicar que la esperanza, pues aquélla, la caridad, se apoya en lo que
se ve y se ama, mientras que ésta, la esperanza, vive únicamente de signos
e indicios respecto de lo invisible; pero sobre ambas lo más difícil es la
fe, pues ella consiste en llegar a creer y a amar lo que no se ve en
absoluto. Y esto puede llevar mucho tiempo y mucho silencio, toda una
vida. Sin embargo, aunque pueda parecer mucho para el hombre, para la
paciencia del Dios que nos mira bien predispuesto como a hijos suyos no
cuenta el tiempo humano, esa es nuestra gran ventaja.
Desde ese silencio el creyente continuará rezando, no
hasta que Dios escuche lo que le pide, como suele pensarse, sino hasta ser
él mismo quien escuche lo que Dios le pide a él. Orar es escuchar cada vez
más a Dios, y menos a nosotros mismos. Tampoco se trata de decirle a Dios
que le amamos, sino de recordar que Él nos ama como sólo Él puede amar.
Entonces el orante experimenta cierta plenitud, pues la oración se filtra
por todos los poros de su alma para plenificarla. Si esta oración cesara,
el mundo perecería al perder su sentido.
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